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No puedo evitar recordar a una de las famosas leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer cada vez que veo un órgano de iglesia.

Es curioso, pero en esta vida a veces las experiencias más interesantes tienen lugar con gente que te rodea y a la que no conoces bien. Lo admito, soy muy poco cotilla y esto hace que en determinadas ocasiones no tenga la más remota idea de lo que hace la gente que conozco.

Tengo el gusto de conocer a Paco desde hace un año y medio, nado con él dos veces a la semana y no suele faltar a ninguna clase de natación. Además de ser muy bueno nadando es un señor amable y con el que he tenido el gusto de compartir más de una carcajada, sobre todo, en momentos en los que el entrenamiento en piscina se hace duro.

Un día, Paco no vino a entrenar y pregunté qué le había ocurrido, “está en misa, es que toca el órgano de la iglesia”, me comentó mi monitora Vero.

Un organista había estado nadando conmigo durante un año y medio y no tenía ni idea. Evidentemente no perdí la ocasión de ir con él a realizarle unas fotos a la Parroquia de la O de Sanlúcar de Barrameda.

Paco es profesor de música jubilado y además es un apasionado de este instrumento, mientras me explicaba todo, se notaba su capacidad para transmitir conocimiento. Él es de las pocas personas capaces de restaurar por completo un órgano de iglesia. Conoce toda la historia y elementos que lo componen.

El órgano fotografiado cuenta con 400 años de antigüedad, así que imaginaos la clase de historia que he recibido hoy por su parte…impresionante.  Dispone de dos teclados, uno “imita” las voces de las personas y el otro los instrumentos. Tiene multitud de tiradores que hacen cambiar el aire que circula por los cientos de conductos que lo componen, y cuyas múltiples combinaciones hacen de su manejo una auténtica obra de arte.

Por si esto fuera poco, incluso los pies juegan una parte fundamental en el uso de este instrumento, pudiéndose tocar incluso solo con ellos.

Paco, ¿por qué te pones descalzo?, le pregunté sorprendido.

“Porque con los zapatos corro el riesgo de pulsar teclas no deseadas, en las misas suelo llevar unos escarpines que me facilitan el manejo”.

Sería incapaz de transmitir todo el conocimiento que he recibido en menos de una hora, tan sólo sé que es algo que merece la pena ver y escuchar. Cuando oyes como se llena de aire el fuelle da la sensación de que es un instrumento que vive y siente, que respira,… y entonces entiendes por qué Paco vive para ello sin recibir nada a cambio.

Cuando me llevó a la parte trasera no me lo podía creer, tantos tubos, tantos mecanismos,”…y esto lo has restaurado tú??” Me parecía increíble poder afinar tantas y tantas piezas. Horas y horas de dedicación sólo por amor al arte.

Pues si, salí sorprendido y orgulloso de que esa persona que tantas horas comparte nadando conmigo sea una de las pocas personas de la actualidad capaces de mantener viva la historia de Sanlúcar de Barrameda, y espero que por mucho tiempo.

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