Experiencias
1 comentario

Ni con palabras ni con imágenes

De locos. Siempre que me han preguntado el por qué, no he tenido reparo en decirlo: “de locos”. Para los profanos en la materia, el triatlón consiste en la realización de tres disciplinas deportivas de considerable dureza: natación, ciclismo y carrera a pie, que se realizan de manera continuada sin descanso. Según la leyenda, tuvo su origen en una apuesta entre marines norteamericanos, pero no está confirmado.

Como bien cité anteriormente, pienso que este deporte es de locos, y yo me considero uno de ellos. No es normal pasar tantas horas entrenando ni compitiendo a menos que te ganes la vida con ello. Pero  he de ser sincero…engancha, y vaya si engancha. En mi caso comencé a practicarlo como una manera de desestresarme. Se sufre muchísimo al principio, pero ves que merece la pena porque te evade, me gusta llamarlo “mi retiro espiritual”. Cuando pasa el tiempo vas viendo que tu cuerpo no sólo aguanta sino que cada vez te cuesta menos, y eso es lo que genera esa adicción.

Hay experiencias en esta vida que pueden ser contadas con palabras o con imágenes, pero un triatlón Ironman (en este caso uno de media distancia) es imposible de explicar. A pesar de ello, me gustaría narrar lo que he sentido.

Hace un año que me inscribí en el primer Ironman 70.3 de Marbella. En aquel momento no me faltaban ganas, pero claro, un año es mucho tiempo y las ganas cambian. La cuestión es que sólo había preparado bien la natación, que es lo que más me costaba, olvidándome de las otras dos modalidades.

El dia previo a la prueba fue de un estado de nerviosismo total, nada más que pensaba en “¡qué demonios hago yo aquí en Marbella!”, siempre intentando disimular los nervios ante mi mujer, María Jesús, aunque a veces ella parecía más nerviosa que yo.

Tras la retirada de dorsales y entrega del material, cenamos y nos fuimos temprano a dormir, ya que a las 5:30 de la mañana teníamos que estar levantándonos. Esa noche procuré dormir lo mejor posible, conseguí dormir 4 horas seguidas, y el resto me las pasé visualizando la prueba (tenía que salir relajado, cómo alimentarme,…). Cuando sonó el reloj comenzó el ritual como si de un torero que va a realizar su faena se tratase: mono, neopreno, chanclas, gorros,..

Nos fuimos para Puerto Banús, lugar donde se encontraba la salida y meta, y allí me encontré con Eduardo Rangel y su furgoneta cargada con una carpa, comida y mucha ilusión. Le ayudé a trasladar dos mesas portátiles que me hicieron un calentamiento de hombros estupendo.

Eduardo preside una fundación llamada Donando Vidas cuyo fin es captar donantes, y con la que decidí participar en este triatlón junto a demás amigos por que la causa lo merecía.

13 grados, si, pero a las 8 de la mañana hacía un frío de narices, sabía que lo primero que tenía que hacer era enfrentarme al agua, así que me descalcé y fui a ello. Todavía recuerdo la impresión. Por la pasarela de camino a la orilla mis pies descalzos se “congelaron”, y al pisar el agua, mi mente decía: ” que esté calentita, que esté calentita,…” Pues no, ¡estaba helada!. Aún así me tiré al agua y nadé unos metros. Recuerdo como la cara y las manos se me dormían.

Intenté localizar al resto de compañeros de equipo pero cuando todos vamos con neoprenos y gorros del mismo color es imposible, así que me coloqué en la linea de salida.

La natación:

Agua muy fría y con cierto oleaje que a veces me mareaba cuando nadaba, pero ese agua cristalina con los rayos del amanecer…buah, indescriptible, lo disfruté tanto que la experiencia se me hizo muy corta.

Siempre estaré muy agradecido a mi monitora de natación, Vero, ella es la que durante mucho tiempo me ha estado dando una caña brutal en la piscina.

“¡Vero, que yo vengo pagando!”  Es la frase que le decimos Paco (compañero) y yo cuando vemos que el entrenamiento es fuerte.

Sin lugar a dudas, este entrenamiento hizo que saliera del agua esbozando una sonrisa y muy relajado, listo para la bicicleta.

El ciclismo: 

Si antes la natación era mi asignatura pendiente, ahora lo es el ciclismo. El tener que disponer de tantas horas para entrenarlo (además de la lluvia, frío,…) ha hecho que apenas lo llevase preparado. Y claro, muy bien hasta el km 70, pero cuando las piernas me dijeron ahí te quedas, lo pasé francamente mal.

Subir a Ojén (pueblo cercano a Marbella) la primera vez fue bonito y me encantó, pero la segunda vez, acompañado de viento en contra fue demasiado. Sin lugar a dudas la parte que más sufrí.

La carrera a pie:

Correr por Puerto Banús fue una delicia, la gente animándote y aquellos avituallamientos con DJ´s en los que te daban ganas de pararte y ponerte a bailar. Pero claro, tantas horas sin parar hacen que los últimos kilómetros sean bastante pesados.

Como dije al principio, una experiencia que ni con palabras ni con imágenes se puede contar, pero de la que me alegro enormemente de haber podido disfrutar en mi vida. No creo ni espero que sea la última. Porque las imágenes grabadas en mi retina son…inexplicables.

Nota: La mayoría de fotografías publicadas son de mi mujer, no permiten el uso de cámaras en este tipo de eventos deportivos. La última con el teléfono móvil y rápidamente sin que me diera cuenta 😉

 

 

1 Comentario

  1. Paloma says

    Uff si ya me imponía antes ahora q leo tu experiencia me quito el sombrero chapó…q vivan esas locuras … Ai q tener valor para hacer eso, como dice palomita es un superhéroe jajaja un saludo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *